Las separaciones y los divorcios en Uruguay tienen un alto índice en la estadística y dentro de la Iglesia es un punto de controversia. Las normas son claras al respecto aunque muchas de estas estén en revisión.

Las posiciones de la Iglesia en los últimos tiempos:

En visita a Alemania en Setiembre de 2011 el papa Benedicto XVI fue interpelado en su saludo de bienvenida por el Presidente de la Republica Chritian Wulff, católico, separado y vuelto a casar. Benedicto XVI eligió no referirse al tema en esa ocasión pero diciembre del mismo año ordena un ensayo.

El mismo es la introducción a un libro de varios autores sobre la Pastoral de los divorciados y vueltos a casar: “La Pastoral del Matrimonio debe fundarse en la verdad”. En dicho ensayo el papa se dedica a reafirmar y argumentar sobre la posición o disciplina vigente en la Iglesia.

Si bien el documento explica la doctrina de la Iglesia y las razones sobre la postura vigente, podríamos afirmar que no ofrece otra novedad. Sin embargo el papa Benedicto XVI reflexiona sobre algunas interpelaciones o cuestionamientos que se hacen a la posición vigente en la Iglesia Católica al respecto y como la misma acompaña situaciones dolorosas y cuestionadoras.

Más recientemente, el papa Francisco en una clara alusión al Sínodo Mundial de Obispos dedicado a La familia que tendrá lugar en octubre de este año donde, entre otros temas, se abordará el conflicto interno generado por la prohibición de recibir sacramentos a los divorciados vueltos a casar, señaló en la Celebración final del Consistorio que “la Iglesia no condena eternamente a nadie”.

Los cientos de obispos y decenas de cardenales que estaban presentes entendieron a lo que se refería el Papa: al gran desafío que el Sínodo deberá afrontar en torno a temáticas álgidas, que dividen las posiciones al interior de la Iglesia entre aperturistas y conservadores.

A fines del año pasado, los Padres Sinodales reunidos en Roma junto al Papa Francisco dirigen su mensaje a todas las familias de todos los continentes pidiendo que caminen con ellos hacia el Sínodo. El mensaje es cálido y exhorta al desafío de la fidelidad en el amor conyugal, admira la generosidad de familias que viven pruebas debido al sufrimiento de sus hijos con capacidades diferentes o enfermedades graves, consideran las dificultades económicas causadas por sistemas perversos a una multitud de familias pobres o refugiadas o que sufren la guerra y la opresión, reconoce y se solidariza con mujeres que sufren violencia, tiene en cuenta la trata de personas y los jóvenes víctimas de abusos por parte de aquellos que deben cuidarlos…

El documento agrega: “Cristo quiso que su iglesia sea como con la puerta siempre abierta recibiendo a todos sin excluir a nadie…”

Los caminos recorridos por las parejas

Nosotros los separados, divorciados, y divorciados vueltos a casar ¿Cuál es el camino que recorremos?

Señalamos al comienzo que la separación y el divorcio es una realidad que afecta a innumerables familias y existen pocos espacios específicos de acompañamiento a estas situaciones. En esta ausencia de instituciones públicas o del ámbito religioso ¿es la Iglesia una puerta siempre abierta que recibe y no excluye?

Se destaca en esta área Pastoral el trabajo del Movimiento Familiar Cristiano, que desde su vocación de apoyo a las familias, ha generando un espacio desde hace más de una década llamado “Área nuevas formas de familia”. Un nombre inclusivo, intenta claramente abarcar y acompañar esta nueva realidad familiar.

Es desde mi experiencia personal y desde lo compartido en estos ámbitos que intentaré compartir alguna reflexión referida a este proceso. Va dirigida a quienes hayan atravesado situaciones de desarmonización familiar y/o separación, y también hacia hermanos o familias que no habiendo atravesado esta difícil experiencia, puedan sin embargo ser comprensivos, y tener apertura a esta realidad dolorosa, así como hacia las nuevas formas de familia.

En primer lugar quiero señalar el sufrimiento que toda persona debe enfrentar ante situaciones de desarme familiar, ya sea con hijos o sin hijos, en este caso, suele ser mayor. Dichas situaciones generan un nivel de estrés muy alto, sólo superado por el fallecimiento de un familiar.

Más allá de cómo se toman las decisiones, ya sea por un mutuo acuerdo o unilateralmente, o de quién decida en la pareja la separación o quién reciba la noticia de ser abandonado, la angustia desborda y lo tiñe todo. Es un camino que parece imposible de transitar. No se comprende la realidad que toca vivir ¿por qué me sucede esto a mí? ¿Es una pesadilla? A veces es peor aún cuando la culpa aparece como una segunda ola que arrasa sin dejar nada en su lugar.

Es difícil encontrar en los círculos familiares o de amistades el modo adecuado de abordar el acompañamiento en estas situaciones. Los roles a jugar requieren de personas o apoyos especializados o muy fraternos. Muchas veces se produce una especie de vacío alrededor de las personas que atraviesan esta dolorosa situación, porque suele darse un distanciamiento en ambas direcciones. Se nos alejan y nos alejamos, al menos eso sentimos: soledad y desprotección.

Otras veces las situaciones se vuelven muy confusas, agresivas, e inclusive riesgosas. Las tomas de partido de nuestros amigos o familiares generalmente no hacen más que aumentar el dolor y hasta la ira. Recurrimos en ese momento, en que somos puestos a prueba, a todos los recursos que hemos ido incorporado en nuestra vida para salir a flote o asomar la nariz a tanta angustia.

La inteligencia, el temple y la espiritualidad son convocados a protagonizar cada uno de los días, ya que el calendario no se puede apurar, para lograr mitigar en parte la angustia en momentos de gran confusión.

El necesario acompañamiento

Es entonces aquí que encuentro oportuno señalar un segundo aspecto, el que refiere al cuidado que la sociedad y la Iglesia nos puede ofrecer en este proceso: ¿quienes nos contienen y acompañan en ese momento? ¿Merecemos tal apoyo?

Aprender a perder... crecer... perdonar y perdonarnos… volver a confiar y hasta volver a amar son etapas de este proceso. Tenerse fe o estar convencidos que es posible una salida, llegar a creer que nosotros y nuestros hijos podremos alcanzar algo parecido a la felicidad que en ese momento la que no se vislumbra, pues la vida nos muestra su cara más severa.

Es desde esta circunstancia, también de fragilidad y necesidad tan humana, a veces incluso sin haber superado, o aprobado con nota el proceso de duelo, preocupados por nuestros hijos, cuando surge de pronto la atención de otra persona, el cariño deseado, la caricia, el encuentro, que vuelve a exigirnos y en ocasiones apurar el proceso. Nos posiciona hacia el encuentro.

Es este cuidado que también como cristianos reclamamos a nuestras comunidades e Iglesia. No nos dejen solos, atravesamos nuestro desierto, necesitamos ayuda, una mano tendida o una cuerda para sujetarnos. La referencia, la presencia solidaria, y el trabajo comunitario nos orientan y ayudan a no cometer otros errores.

Todas estas son razones para afirmar que nos interesa recibir el Sacramento de la Eucaristía ya que reconforta nuestro corazón y nos hace sentirnos más hermanos. Pedimos que no nos cierren las puertas, que la Iglesia sea, como dice el papa, una casa con la puerta siempre abierta.

No queremos escandalizar a nuestra comunidad ni mostrarnos como seres “superados” o irrespetuosos con nuestros hermanos, queremos humildemente decir que nos sentimos parte de esta Iglesia de Jesús. Y permítanos ser también audaces al afirmar que nuestro amor y nuestra familia es también Sacramento. Estamos apostando nuevamente al amor, a la vida, al respeto, al cuidado, a la fidelidad, a la entrega cotidiana. Somos una nueva familia cristiana que intenta vivir con autenticidad y dignidad otra oportunidad.

Autor: Ricardo Mazzeo: divorciado vuelto a casar, 4 hijos. Desde 1984 integrante del espacio Parroquia Universitaria. Colaborador en la coordinación de grupos del Movimiento Familiar Cristiano en el Área Nuevas Formas de Familia.